lunes, 24 de octubre de 2011

A media tarde

Sentada en una común silla de un local de "alimentación bizarra" fumo un cigarrillo mientras se acerca a lo lejos un camarero. Viste una tenida particular, piel... su piel. Sutilmente me consulta que desea mi paladar disgustar y mi lengua saborear el día de hoy. Respondo - Dame lo que tu cerebro sienta para mi con el solo hecho de conectar neuronas para que puedas observarme - él sin decir nada, se retira, dejando una estela de aire incongruente.


Alcanzo a aproximar unos diez minutos cuando nuevamente veo a aquel camarero de piel delgada regresar. Trae sobre su extendida mano una bandeja color amarilla con pinceladas de rojo, sobre ella posan platos color plomo-sin vida, tapadas por otra olla color sin vida-plomo. Pone sobre la mesa (impecablemente ordenada) un plato de entrada, la ensalada y el postre. Se retira nuevamente el camarero, deja una estela de travesura.


Observo sigilosamente cual es el menú que debo consumir hoy, describo:


Aire sin oxigeno acompañado de polvo craquelado de plato principal, acompañado de una suave ensalada de cenizas que trituraron la noche anterior. De postre (como si el camarero quisiera sorprender mi inocencia) frutillas bien acomodadas, inundadas en un almíbar de sangre fermentada.


Gran Banquete

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